Somos Monjes Cisterciense que habiendo escuchado la llamada de Dios a vivir una vida íntima con Él.

Historia

LA ORDEN DEL CÍSTER

LA ORDEN DEL CÍSTER

Los orígenes de la Orden del Císter se remontan al año 1097, cuando Roberto, abad del monasterio benedictino de Molesmes (Langres, Francia), acompañado de un grupo de monjes abandona su abadía con el fin de erigir otra donde vivir la Regla de San Benito en toda su pureza. Tras grandes dificultades el 21 de marzo de 1098 se funda en Cîteaux - Cister (palabra que viene de cistell, junco), un paraje duro y solitario, el Nuevo Monasterio. Por imperativo papal Roberto regresó al poco tiempo a Molesmes (1099), sucediéndole en el abadiato Alberico. Éste obtuvo en 1100 una bula de Pascual II por el cual Cîteaux quedaba exento de la jurisdicción de Molesmes y bajo la protección de la Santa Sede. Su sucesor, Esteban Harding, es considerado el legislador de la orden, ya que bajo su gobierno fueron aprobados por el Papa Calixto II (1119) la Carta de Caridad y Unanimidad y los primeros Capitula, un conjunto de reglamentos dictados para el buen funcionamiento de la Orden.

El ideal de vida que promulgaban estos hombres, apoyado en unos pilares básicos (seguimiento escrupuloso de la Regla de San Benito, autenticidad en la observancia monástica, soledad, simplicidad y pobreza, entre otros) atrajo pronto a numerosas vocaciones. Pero será a partir de 1112, fecha en que Bernardo de Fontaine (1090 – 1153) -futuro San Bernardo- ingresa en Cîteaux acompañado de un nutrido grupo de familiares y amigos, cuando comienza el verdadero auge del Nuevo Monasterio y la expansión de la naciente Orden. El aluvión de vocaciones provocó que en 1113 saliese un grupo de monjes a fundar otro monasterio, estableciéndose en La Ferté. Al año siguiente surgía el segundo, Pontigny, y en 1115 Morimond y Clairvaux, poniendo al frente de este último al joven Bernardo. Estas cuatro abadías, junto con Cîteaux, extenderían por toda Europa la reforma cisterciense, llegando a contar con más de 300 monasterios a mediados del siglo XII. Por lo que a las comunidades femeninas se refiere, entre 1120 y 1125 se funda en Tart, cerca de Cîteaux, la primera abadía de monjas cistercienses, de la cual surgirán nuevas y numerosas fundaciones.

Los monjes blancos, llamados así por no teñir de negro sus cogullas y llevarlas del color natural de la lana, llegaron a España en 1142. Anteriormente, en torno a 1127-1129 hubo un intento por parte del abad de Preully de fundar un monasterio en Hispania, pero fue disuadido de ello por San Bernardo entre otras causas por la lejanía de la Península. El primer monasterio cisterciense de la Península fue el de Sobrado (A Coruña), fundado el 14 de febrero de 1142 por Clairvaux. A partir de entonces se erigieron en España casi un centenar de monasterios de monjes y monjas, alcanzando el máximo esplendor durante la segunda mitad del siglo XII. En 1157 se funda el primer monasterio cisterciense femenino de la Península, Tulebras, a partir del cual surgirán los de Perales (Palencia), Cañas (La Rioja), Gradefes (León), etc. En torno a junio de 1187 Alfonso VIII y su mujer Leonor dotan oficialmente el monasterio de Las Huelgas, cerca de Burgos, incorporado a Cîteaux en 1199; el monarca, pese a la resistencia de algunas abadesas, consiguió que se convirtiera en cabeza de todos los de Castilla y León y sede de sus capítulos generales: un total de doce abadías estuvieron afiliadas a Las Huelgas de Burgos; otros, sin embargo, subordinados a monasterios masculinos o al prelado diocesano. Desde el segundo tercio del siglo XIII comenzaron a escasear las fundaciones y una crisis que llegaría a su cenit durante el XIV, se adueño de la práctica totalidad de los monasterios.

La reforma de la Orden llegaría de mano de fray Martín de Vargas, monje del monasterio de Piedra (Zaragoza), quien obtiene de Martín V el 24 de noviembre de 1425 una bula por la cual le permitía erigir en el reino de Castilla dos eremitorios en donde seguir estrictamente la Regla de San Benito. El primero, Montesión, se fundó a las afueras de Toledo en 1426 y cuatro años más tarde tomaba posesión de Valbuena. En 1434 Eugenio IV le autorizaba a reformar o fundar seis nuevas casas. Había nacido la Congregación Cisterciense de Castilla, independiente del bloque agrupado en torno a Cîteaux, y a la que se fueron agregando poco a poco los monasterios del reino de Castilla y León, inaugurando un nuevo periodo de esplendor para la Orden en nuestro país, caracterizado principalmente por una renovación de la vida espiritual y un creciente auge económico. Los monasterios del antiguo reino de Aragón crearán su propia congregación algo más tarde, en 1616, a la que se unirán los de Navarra en 1634; no obstante, esta Congregación Cisterciense de Aragón y Navarra se mantendrá siempre unida a la casa madre de la Orden. Otra reforma surgirá en la Península durante el siglo XVI, aunque en esta ocasión sólo afectará a la rama femenina de la Orden. En 1593 la abadesa del monasterio leonés de Gradefes pretende seguir en su cenobio una observancia más estricta de la Regla de la que habitualmente se guardaba. Sin embargo, será elegida abadesa de Perales (Palencia), siendo en este último donde se inicia en 1594 el movimiento de renovación monástica que recibe el nombre de Recolección. Al año siguiente este monasterio se trasladará a Valladolid tomando el nombre de San Joaquín y Santa Ana, y de él saldrán a lo largo del siglo XVII religiosas a fundar numerosos monasterios.

En 1793 tiene lugar un hecho significativo, la introducción en nuestro país de los cistercienses reformados de Nª Sª de la Trapa, que se instalan en el priorato de Santa Susana (Zaragoza). A finales del XVI y principios del XVII había surgido en el seno de la Orden una reforma, conocida como la Estricta Observancia, fortalecida posteriormente por la figura de Rancé, abad de La Trapa (Francia). Tras la Revolución francesa un grupo de monjes de la Trapa con Agustín de Lestrange a la cabeza huyeron a Suiza y se instalaron en la antigua cartuja de Val-Sainte. A partir de este pequeño núcleo comenzó la restauración y expansión de la Estricta o Estrecha Observancia –que recibe este nombre para diferenciarse de los no reformados o de la Común Observancia- por toda Europa.

Las sucesivas desamortizaciones de la primera mitad del XIX hicieron mella especialmente en los monasterios masculinos, ya que muchas comunidades femeninas consiguieron sobrevivir. A finales de siglo (1880-1885) un antiguo monje de la Congregación de Castilla inicia una restauración monástica, pero el intento fue fallido. No obstante, en 1881 regresan los trapenses de Santa Susana y a principios del siglo XX se realizan nuevas fundaciones (Dueñas, Viaceli, etc). Los monjes de la Común Observancia no llegarán hasta 1940, fecha en la que se instalan en Poblet.

BREVE HISTORIA DE MONTE SION

BREVE HISTORIA DE MONTE SION

A comienzos del siglo XV, surgió en España un movimiento muy significativo. Martín de Vargas, un jerónimo, que se convirtió en monje cisterciense en la abadía de Piedra; fundó la Congregación de Castilla u «Observancia Regular de San Bernardo». Fue la primera Congregación monástica que existió.

Aunque su actividad, como reformador suscitó una gran controversia en Cister, era ampliamente conocido como un hombre santo y estudioso, impulsado por las mejores intenciones. Después de su estancia en Italia y del conocimiento que tenía de estado decadente de los monasterios españoles, debido en gran parte a la infiltración del sistema comendatario, la falta de comunicación con los demás monasterios de Europa, el no poder asistir a los Capítulos Generales etc. llegó a la conclusión de que la mejor forma de remediarlo, era la adopción de medidas que habían probado ser eficaces, en circunstancias semejantes, para los benedictinos italianos.

Con la aprobación del papa Martín V con su bula Pia supplicum, Vargas abandonó Piedra, y con once compañeros, fundó el Monasterio de Monte Sión cn Toledo y así la Congregación de Castilla fue erigida el 24 octubre 1425 y confirmada con la bula Etsi pro cunctorum de Eugenio IV el 25 septiembre 1437, en la que se concede al Abad de Cister -pero sólo a él personalmente- la visita de los monasterios de la Congregación.

El fundador, pasó grandes dificultades para implantar la reforma. Durante cuarenta y cinco años no hubo más que dos monasterios: Montesión y Valbuena, a los cuales se agregó en 1469 el de la Huerta, en el obispado de Sigüenza. En 1505 se unió el de Palanzuelos en la diócesis de Palencia, donde se estableció la residencia del Superior General de la Congregación. Después creció el número rápidamente gracias al apoyo de los Reyes Católicos.

La Congregación llegó a tener 40 monasterios masculinos y unos 30 de monjas que pertenecían a ella, en diverso grado.

La historia de la primera Congregación monástica, es muy compleja y muy dolorosa. Martín de Vargas, no tuvo fácil el sacarla adelante, ya que como ocurre en toda innovación de antiguas estructuras, se desconfía, al menos en principio. Otra motivación importante, es que por muy buenos deseos que tenga el hombre, y por muy claras las ideas de los nuevos proyectos que tenga, casi nunca se queda en el justo medio. Ante las dificultades siempre se cometen imprudencias que después justifican las desconfianzas del otro o los otros. Por lo demás, nunca todos tienen la misma visión de las cosas, ni las mismas inquietudes, aún cuando se busque la misma verdad.

Pese a todo, fue uno de los movimientos de reforma de la Orden Cisterciense más fecundos y gloriosos de la Historia, ya que sus parámetros de renovación profunda y auténtica estaban dentro de los más estrictos cánones de lo que fue la reforma del Cister de siglo XII: independencia del poder temporal; adecuación de la legislación propia a la legislación renovadora de la Iglesia universal; respuesta a los movimientos culturales y espirituales de la época y también renovación de los programas de formación para los monjes jóvenes, que posteriormente serían los animadores en las comunidades.

En este caso, el Capítulo General de la Orden, ignoraba bastante la situación real y particular de los monasterios de Castilla, así como el verdadero espíritu que animaba a Martín de Vargas y a sus seguidores, por lo que temía que se produjera una división en la Orden. Mas, se vio obligado a aceptarla, ya que la Congregación estaba protegida por el rey de España y también por la Curia Romana, por lo que a pesar de las grandes dificultades la Congregación salió adelante, ya que el Capítulo General de la Orden de 1493, la reconoció como tal en la estructura que quería el fundador.

El siglo XVII fue la «época de oro» de la Congregación de Castilla. Las cuarenta y abadías masculinas incluían dos colegios, uno establecido en 1504 en Salamanca y el otro, de mayor renombre, fue fundado en 1534, vinculado a Alcalá de Henares, universidad en rápido desarrollo. La erudición llegó a convertirse en una gran tradición de la Congregación. El eminente historiador Ángel Manrique (1577-1648), monje de Huerta y graduado en Salamanca, fue sólo uno de tantos de sus miembros de capacidad descollante.

Pero casi todo ese florecimiento se vino abajo en 1835 por la desamortización de Mendizábal- en que fueron suprimidos todos los monasterios de varones, aunque no los de mujeres ni tampoco se suprimió jurídicamente la Congregación de Castilla por lo que ésta, continuó existiendo, en los monasterios femeninos.

En el año 1842 Monte Sión es adquirido por Enrique O´Shea y Compañía. Une otras tierras contiguas que fueron de Monte Sión o de otros conventos. Las obras de arte o de culto fueron excluidas de la venta y hoy se hayan algunas en museos y templos. Por ejemplo, el cuerpo de San Raimundo en el relicario de la Catedral de Toledo, y la estatua de San Bernardo, de la portería, en el Museo Provincial de Toledo.

Compró el monasterio, en 1860, Alejandro Soler y Durán, que ya poseía tierras limítrofes que en su día fueron de Monte Sión. Años más tarde, en 1870, lo vendió todo a Matilde Calderón y Vasco. En esta fecha la iglesia estaba dedicada a molino de aceite. Matilde Calderón se caso con Bernardo Luis Tacón y Herves, Duque de la Unión de Cuba, que recibió la finca como dote, pero estuvo embargada en 1874 por ser carlista su dueño. En 1912 fue vendida a Luis de Urquijo y Ussía, marqués de Amurrió, que hizo reformas y construyó la pérgola, hoy existente, decorada por Daniel Zuloaga.

Por iniciativa del Príncipe de Asturias, el marqués de Amurrio, hacia 1920 intentó restaurar en Toledo su famosa industria de seda. Se realizó en la finca de San Bernardo una importante plantación de moreras y se levantaron edificios complementarios. La llamada “Casa de la Seda”, fue transformada en escuela para los hijos de los colonos de la finca.

Al divorciarse el marqués en 1932 de María Teresa Losada, Marquesa de Zarreal, la finca fue adjudicada a esta, y se creó el “Cortijo de San Bernardo, S.A.” para explotarla. Posteriormente se instaló un hospital de sangre y más tarde una Residencia para enfermos.

En 1950 adquirió la propiedad D. Tirso Rodrigáñez y Sánchez Guerra, quien anteriormente la tenía arrendada, restaurando el culto en la antigua iglesia monástica en abril de ese mismo año. Cuando fallece en 1966, una parte de la finca fue donada a la comunidad cisterciense de Santa María de Huerta (Soria). En la actualidad un pequeño grupo de monjes ha devuelto la vida monástica a Nuestra Señora de Monte Sión.

Bibliografía:

Leblic García, V., El Císter en Toledo, Toledo, Asociación Toledo: pueblos y tierras, 2001 (col. Monografías toledanas, 2) “Un relato testimonial : historia del monasterio de Montesión”, Cistercium, 257 (2011), pp.323-350

Ultimas Noticias

HOSPEDERÍA MONÁSTICA

HOSPEDERÍA MONÁSTICA

Abril 11, 2014 %COMMENTS

LITURGIA MONASTICA

LITURGIA MONASTICA

Abril 10, 2014 %COMMENTS

Contacto

Carretera de la Puebla de Montalbán, Km. 1

CP-45004, Toledo

Toledo, España

Boletin de Novedades